|
El acto de emprender da cuenta de una acción, de un movimiento, de un gesto que propone ir hacia una meta preestablecida. El emprendedor es en principio, aquel quien transforma una idea sujeta al mundo inmaterial e intangible, en una expresión singular y concreta en el mundo material. Con la vocación de los antiguos alquimistas dispone esfuerzos en el trabajo con elementos simples para lograr composiciones más complejas y elaboradas. El emprendedor trae algo nuevo al mundo; algo que a su vez transforma en cierto sentido a la comunidad sobre la cual ejerce sus influencias.
Se dice por ejemplo que Henry Ford llego a ser un emprendedor no en 1903 cuando comienza a producir automóviles, sino en 1908 cuando comienza a producir el “modelo T” e introduce la producción en serie por primera vez. Ambas innovaciones revolucionaron tanto la industria como la sociedad en Estados Unidos de aquel entonces.
¿Emprendedor se nace o se hace? Al igual que sucede con ciertas habilidades, existe un debate en relación a si la capacidad emprendedora viene de cuna o se adquiere con la experiencia. Como presentaremos hacia el final de este artículo, basándonos en la sabiduría del mundo natural, el acto de emprender requiere disponer de cuatro fuerzas esenciales que pueden desarrollarse durante toda la vida. Si bien es cierto que quien las posea de antemano de manera equilibrada estará en mejores condiciones que quien no, esto no invalida la posibilidad de que cualquier persona se transforme en un emprendedor exitoso si orienta su voluntad hacia esa dirección.
El acto de emprender en el mundo natural
Tal vez no exista emprendedora más eficaz, inagotable y atemporal que la Madre naturaleza. Decíamos en el comienzo que un emprendedor es aquel que trae algo nuevo al mundo; que parte de elementos simples para crear otros de mayor complejidad. Por donde miremos en una caminata por el bosque descubriremos ejemplos de emprendimientos exitosos que se ajustan a esta definición. De la simpleza del invierno monocromático aparece la complejidad de colores y de vida típica de la primavera. Resulta interesante destacar que estos “emprendimientos naturales”, como flores, frutos, crías, plantas, etc. se desarrollan siguiendo ciertas etapas o fases que ordenan el movimiento de cambio y transformación.
Las fases de un emprendimiento en la naturaleza
Si observamos atentamente el movimiento en la naturaleza, podremos reconocer la existencia de “ciclos” que se suceden una y otra vez a lo largo del tiempo. Ciclos que nunca se repiten, sino que por el contrario se renuevan permanentemente a partir de un principio esencial que los gobierna, el principio del cambio constante. Se trata de ciclos conformados por cuatro fases o instancias consecutivas bien diferenciadas y que se articulan convenientemente para favorecer el fluir continuo de la vida. Veamos a continuación estas instancias y sus características, proponiéndote que busques encontrar las semejanzas y relaciones con la realidad de un emprendimiento desarrollado por el hombre.
1.) Instancia creativa (Ej.: floración de primavera): El tiempo de creación es un tiempo caótico, imprevisible, aleatorio e incontrolable. Es el momento de mayor apertura y de pura potencialidad. La aparición del brote en la semilla, las flores en las plantas y el crecimiento de las hojas son fenómenos típicos de la instancia creativa. El movimiento en esta fase es de características ascendentes y expansivas, expresado en la planta a través del movimiento de su savia o en la rosa en su apertura al mundo. La instancia creativa da lugar a algo nuevo que transformará el entorno en el que se desarrolle. Un fenómeno interesante como metáfora para el emprendedor de esta instancia, tiene que ver con el necesario ejercicio de la seducción que ejercen las flores a partir de la producción y ostentación de su néctar. Insectos y aves se acercarán para alimentarse de esta sustancia y al hacerlo se llevarán adherido el polen que al depositarse en otra flor, dará comienzo al proceso de fecundación. Este fenómeno da cuenta claramente de esa energía expansiva y contagiosa de la que hablábamos anteriormente.
2.) Instancia productiva (Ej.: fructificación de verano): La instancia productiva es el tiempo donde la obra/fruto se concreta gracias a la fecundación ocurrida en la instancia anterior. Es el momento de mayor consumo energético y por eso coincide con el verano, donde la luz del sol es más intensa. El movimiento es de características expansivas exacerbadas. La planta crece en tamaño y en altura. Sin embargo existe un tiempo para producir el fruto, que generalmente culmina con el cierre del otoño y la llegada de los fríos, por lo que la planta deberá trabajar sin pausa para que su fruto esté listo en el momento oportuno. Para que esto sea posible la optimización de recursos será muy importante. Siguiendo el plan maestro de la naturaleza, la planta con sus hojas ensanchadas en la primavera absorberá todo el bióxido de carbono, la humedad del aire y la luz del sol que esté a su alcance durante las horas del día. Asimismo sus raíces abrirán sus redes para captar del suelo los nutrientes que necesitan las zonas de producción para completar la maduración del fruto.
3.) Instancia destructiva (Ej.: marchitamiento de otoño): Con el fruto totalmente conformado comenzará la instancia destructiva, necesaria para que la planta pueda efectivamente proliferar. La energía de la savia comenzará su movimiento descendente en dirección a las raíces, restando nutrientes a las extremidades de las ramas. En ciertos casos este fenómeno producirá el desprendimiento de las hojas y además la caída del fruto maduro hacia el suelo. Es una instancia donde la acción se dirige en la dirección de la destrucción de la obra. Todo el movimiento se vuelve más lento, como en un intento por recuperar un orden anterior. El fruto se descompone en sus partes elementales, liberando las semillas de su interior. Este proceso resulta muy interesante como metáfora ya que da cuenta de un momento en el que la planta se va desprendiendo de su obra para que pueda descomponerse. Esta descomposición permite que sea visible aquello que estaba oculto y que da sentido a la existencia de cada fruto; las semillas. Con la ayuda muchas veces de la lluvia del otoño estas semillas se internarán en el suelo hasta quedar inmóviles en algún lugar protegido de la erosión y la acción de los animales, para allí dormir a la espera del impulso de vida que las haga despertar.
4.) Instancia de latencia (Ej.: dormancia de invierno): La semilla una vez en el suelo y habiéndose acomodado en un lugar confortable, se dispone a la instancia de latencia, donde pareciera que nada sucede. La latencia se caracteriza por ser un tiempo de inactividad aparente donde la naturaleza en su conjunto recupera sus fuerzas vitales. Es un tiempo en el que “se permite” que suceda, aquello que tenga que suceder en el momento que tenga que suceder. Es tan importante el “no intervenir” durante ese tiempo, que si removiéramos la tierra donde esa semilla se ha cobijado, probablemente nunca germinaría. Por otra parte podemos inferir que no hay intención de la semilla en crecer, no hay movimiento, es la nada o el vacío absoluto, tal como lo define Lao Tse en el verso 11 de su libro de sabiduría el Tao Te Ching. La semilla espera inmersa en el silencio y la oscuridad de la tierra, a que se presenten determinadas condiciones externas e internas para que algo suceda. Espera en cierta forma dormida pero atenta, a que se devele su verdadero propósito.
¿Encontraste conexiones con tu realidad cotidiana? Veamos ahora qué podemos concluir juntos...
Si suponemos que el hombre forma parte indivisible del mundo natural, sus producciones o emprendimientos estarán sujetos a las cuatro instancias mencionadas anteriormente. De ser así y tomando como referencia lo dicho hasta aquí podemos inferir que:
Todo emprendimiento propondrá cuatro desafíos básicos. En todo emprendimiento habrá un tiempo para la creación, otro para la producción, otro para la descomposición de lo hecho y otro para el dejar que simplemente actúe el devenir. Conocer este movimiento y saber posicionarse frente a los diferentes desafíos que propone cada instancia resultará esencial para todo emprendedor.
Todo emprendimiento está destinado a morir (marchitamiento del fruto). Según datos estadísticos solo el 1% de las empresas supera los 10 años de vida. Es importante la idea de finitud en un emprendimiento como en la vida misma, porque ayuda a poner en perspectiva cada situación durante el desarrollo y a mantener vigente la actitud emprendedora.
Con la muerte del emprendimiento nace siempre un nueva oportunidad de emprender (semillas dentro del fruto que ha caído). Habrá que saber prepararse para ese momento con los ojos bien abiertos para poder ver esas semillas, en lugar de continuar el lamento por la fruta caída. Lo nuevo podría tener que ver con una actualización del emprendimiento original o con un emprendimiento totalmente diferente.
El cambio es permanente aunque transcurre dentro de ciertos parámetros que permanecen fijos (ciclos). La situación de inicio de un emprendimiento se volverá a repetir inexorablemente. Será oportuno aprovechar todo lo que suceda en el camino a modo de aprendizajes hasta llegar a ese punto, para que el nuevo inicio sea desde un lugar diferente y superador. Quien opte por seguir el camino del emprendedor deberá saber que todo en la vida regresa, a veces transformado y a veces de la misma manera con que se le dio origen, tal vez para reforzar un mensaje que no ha sido escuchado oportunamente.
Emprender es un ejercicio mucho más que una meta. Un emprendedor no refiere su identidad como tal, a un emprendimiento en particular. Ser emprendedor es una actitud ante la vida y no una meta a ser alcanzada. No se es emprendedor simplemente por transformar una idea en un negocio exitoso, ya que el éxito es muchas veces un accidente, una sincronización de fenómenos que dependen de numerosas variables ajenas a la propia voluntad. Se es emprendedor en la firme voluntad de querer formar parte de los procesos creativos del Universo, para lo cual es necesario moverse al compás de sus ritmos naturales. Uno puede crear con el éxito y con el fracaso, en el ámbito laboral, en el familiar, en el comunitario o en el personal.
Cada uno de nosotros tiene un propósito fundamental para emprender. Si nos pensamos como parte indivisible del mundo natural, podríamos comprender que como sucede con cada árbol, cada planta, cada montaña, cada animal, ave o estación del año, todo forma parte de un Plan Divino. En este sentido primordial hemos venido al mundo para emprender alguna obra que nadie más puede emprender por nosotros ya que el lugar que ocupamos sólo podemos ocuparlo nosotros mismos. Descubrir esa obra nos convertirá en partícipes del emprendimiento más relevante al que podamos aspirar. (Para ampliar en relación a este punto te sugerimos leer el siguiente artículo: El descubrimiento del propósito)
Las cuatro fuerzas esenciales del emprendedor
Para que estas cuatro instancias (creativa, productiva, destructiva y de latencia) se desplieguen, la naturaleza dispone de fuerzas o recursos naturales que se expresan por ejemplo, a través de los ciclos estacionales, los cuatro elementos, los cuatro momentos del día, etc. Por ejemplo la primavera trae consigo una fuerza que favorece la floración, el verano la fructificación, el otoño el marchitamiento y el invierno la dormancia. Por su parte el aire favorece la dispersión del polen, el fuego a través de los rayos del sol favorece la fotosíntesis, el agua por su parte la caída y marchitamiento de los frutos y la tierra la contención de la semilla. Cada una de estas fuerzas es necesaria e imprescindible para que la vida de un emprendimiento en la naturaleza tenga lugar. No sólo son necesarias y complementarias sino que deben articularse de una manera conveniente para facilitar procesos de transformación compatibles con sostenimiento de la vida. Tal es así como la fuerza del verano no aparece inmediatamente después del invierno porque en ese momento muchas plantas no contarían con las hojas en tamaño o en cantidad necesaria para absorber la energía del sol. El invierno por su parte no surge luego la floración porque detendría el proceso de fecundación o fructificación.
El hombre cuenta con estas fuerzas internamente solo que a diferencia de la naturaleza las tenemos muchas veces desequilibradas. El desequilibrio se origina por factores de aprendizaje, genéticos, kármicos, culturales, etc. Esto hace que dispongamos más facilmente de "por ejemplo" la fuerza relacionada a la producción (de buena prensa en occidente) que la relacionada a la latencia (más valorada por algunas culturas de oriente). El desequilirio provoca inefectividad para resolver determinadas situaciones y por lo tanto limita la capacidad emprendedora. La buena noticia es que las fuerzas pueden desarrollarse toda la vida (ver artículo "El misterio de la vida"). El primer paso para hacerlo será poder tomar conciencia de con qué fuerzas contamos y con cuáles no tanto, para poder luego definir estrategias convenientes (Nuestra experiencia "La senda del alquimista" puede ayudarte en esta tarea). Veamos ahora en mayor profundidad los aspectos cualitativos de estas cuatro fuerzas:
1.) FUERZA CREATIVA
La creatividad ser relaciona con la capacidad para imaginar, cambiar, adaptarse e innovar. Propone ver y actuar en el mundo desde un lugar más espontáneo, más liviano y más conectado con los demás. La creatividad requiere animarse a romper la comodidad de los moldes de pensamiento, de conducta y del sentir, como lo hace la semilla al abrir su brote. Tiene que ver con la capacidad para cuestionar el status quo; con el coraje del avance hacia lo desconocido a pesar del temor. Se relaciona con la apertura típica de la flor en primavera y la seducción del néctar que atrae las voluntades necesarias para el inicio del proceso de fecundación. El creativo va en busca de un sueño, sin importar lo que piense su entorno y los obstáculos en el camino. Se anima a asumir riesgos sin medir demasiado las consecuencias. Por lo tanto se lo relaciona con el arquetipo del soñador. La fuerza creativa por su parte es la que “da inicio a la complejidad” de la vida.
2.) FUERZA PRODUCTIVA
La productividad se relaciona con la capacidad para ejecutar o implementar un plan, para concretar la obra y avanzar hacia nuevos territorios. La fuerza productiva permite avanzar por sobre todo aquello que se interpone en el camino, sin miramientos ni cuestionamientos. Quien la posee se convierte en un transformador y un revolucionario. Goza de una extraordinaria energía que lo mantiene activo casi en forma interrumpida detrás de su objetivo, como lo hace la planta al producir su fruto. Cada obstáculo en el camino representa un estimulante desafío a ser conquistado. Sostener la productividad requiere de energía y alimentos que provienen del exterior, por lo que una persona con esta fuerza tenderá a absorber de su entorno todo aquello que necesite para progresar en su obra. Se lo relaciona con el arquetipo del héroe o del guerrero, que se vale de seguidores para la hazaña. La fuerza productiva es la que “permite el desarrollo“ de la vida.
3.) FUERZA ANALÍTICA
La fuerza analítica revisa, distingue, identifica y selecciona. Es el contrapeso de la fuerza creativa ya que se basa en el análisis de las consecuencias. La fuerza analítica se relaciona con el orden, la profundidad, la capacidad para hacer balances y llegar al centro de las cosas con el objeto de asimilar lo que es útil y desechar lo ya no lo es. Por eso tiene que ver con el proceso de descomposición del fruto caído. La utilidad del fruto tiene que ver con las semillas que se encuentran en su interior. La descomposición permite que las mismas sean liberadas y que el resto sea desechado. La fuerza analítica a diferencia de la creativa, es descendente y pesada. Así favorece la caída del fruto desde la planta y el ingreso de las semillas al interior de la tierra. Es el arquetipo del científico, quien utiliza como lo hace la naturaleza, la acidez de su pensamiento crítico para descomponer aquello que le merece su atención. Capacidad de revisión, de análisis, de observación y diferenciación son algunas de sus cualidades fundamentales. La fuerza analítica es la que “descompone la vida en sus elementos” esenciales.
4.) FUERZA ESPIRITUAL
La fuerza espiritual se relaciona con la fe, aunque no necesariamente con la religión. Es espiritual porque se basa en la creencia de la existencia de poder superior. La semilla parece muerta. Nada indicaría que ese elemento seco e inerte pueda transformarse en una planta o en un árbol de más de treinta metros. Sin embargo sucede, a partir de un impulso de vida que no puede explicarse sino desde la fe. La semilla lo sabe por eso aguarda con paciencia recibir la chispa divina para germinar. La fuerza espiritual tiene que ver con la capacidad de espera y la confianza en el accionar de mecanismos controlados por una inteligencia superior. Esta fuerza es la que nos arroja su brazo cuando sentimos que nos caemos al vacío, como consecuencia de la frustración cuando las cosas no suceden como esperamos. El espiritual tiene la seguridad y fortaleza de una montaña que permanece inmóvil aceptando todo tipo de inclemencias meteorológicas sin perturbarse. Esa firmeza y quietud permite que la vida se desarrolle sobre su superficie. El espiritual es el arquetipo del monje, de quien “permite” que los procesos sucedan sin interferir y que la chispa divina actúe a través de él. La fuerza espiritual es la que “permite que la vida se manifieste”.
Finalmente destacaremos que el hombre no invento el acto de emprender. Sólo le puso palabras a un fenómeno potestad de nuestra Madre naturaleza. Somos producto de su capacidad emprendedora y por lo tanto es Ella la más indicada para enseñarnos como proceder en este sentido.
Esperamos
que esté artículo haya resultado de tu interés.
Te invitamos a dejar tus comentarios e intercambiar ideas
y sensaciones con otras personas a partir del link que
figura más abajo.
Hasta
pronto.-
© GRUPO SYNAPSIS
|