¿Cuántas
veces nos encontramos con desbordes emocionales que bloquean
nuestra capacidad de razonamiento condicionando nuestras
acciones?
¿Cuántos
de nosotros desearíamos que emociones como la apatía,
la ansiedad, la tristeza, la angustia, la bronca, el miedo,
o la vergüenza desaparecieran de una buena vez, para
poder continuar con nuestras vidas, deseos e intenciones?
Albert Einstein sostenía que “ningún
problema complejo podrá ser resuelto en el mismo
nivel de conciencia en el que fuera creado”,
con lo cual, para que aparezcan nuevas alternativas de
resolución deberíamos primero poder expandir
nuestra capacidad de observación o nivel de conciencia
de lo que nos pasa o acontece. Algunas veces el problema
real tiene poco que ver con el problema en sí mismo,
sino que se relaciona más con nuestra particular
forma de observarlo. Las emociones aparentemente “negativas”
no son el problema a resolver, el problema es tal vez
que no hemos aprendido a reconocerlas, entenderlas y utilizarlas
eficazmente. La educación emocional que hayamos
tenido en los distintos ámbitos del saber (familia,
escuela, trabajo, las relaciones, etc.) ejercerá
importantes influencias en la manera en que nos vinculemos
con nuestra emocionalidad. Si pensamos que venimos de
una cultura que ha priorizado y en parte lo sigue haciendo
fuertemente a la razón por encima de la emoción,
no es de extrañar que nos encontremos con tantas
dificultades en este terreno.
Paradójicamente,
en los ámbitos laborales es muy común ver
la contradicción existente entre lo que se exige
al personal: COMPROMISO, LEALTAD, COOPERACIÓN,
RESPONSABILIDAD, MOTIVACIÓN, etc., y lo que se
le restringe, como es la vida afectiva o emocional. Estos
requerimientos, a diferencia de los relacionados con las
habilidades técnicas, no se pueden sostener desde
la razón, sino que por el contrario necesitan ser
alimentados desde las emociones y sentimientos personales.
A la luz de los resultados, afortunadamente el mundo de
los negocios está siendo sacudido por una nueva
concepción del management o la dirección
de empresas, en donde el desarrollo de competencias emocionales
ocupa un lugar preponderante en las aptitudes a promover
y fomentar en las personas. Esta revolución cultural
está dando a su vez resultados extraordinarios
a nivel de productividad y ejemplos como el de la empresa
japonesa KYOCERA (líder mundial en tecnología
de cerámica aplicada a la electrónica, medicina
y comunicaciones), se multiplican día a día.
Kazuo Inamori, fundador y presidente de KYOCERA sostiene
que su papel como directivo comienza por procurar el confort
material y el bienestar espiritual de sus empleados, tarea
vinculada directamente con el desarrollo personal a partir
del autoconocimiento y el autodominio emocional. Quizás
esta perspectiva pueda parecer para muchos demasiado romántica
para construir una empresa, pero me nos apresuramos a
señalar que esta empresa ha alcanzado niveles de
ventas superiores a los 2.000 millones de dólares
en treinta años, prácticamente si solicitar
créditos y con niveles de rentabilidad que provocan
envidia aún entre las más exitosas empresas
japonesas. Empresas como AT&T, líder mundial
en comunicaciones, destinan 1/5 de su presupuesto anual
de capacitación de ejecutivos (3.5 millones de
dólares), a programas que fomentan la introspección.
Este es un simple ejemplo que ratifica una marcada tendencia
en crecimiento.
Lo
cierto es que no podemos impedir que las emociones aparezcan
ya que forman parte de la esencia más primitiva
del ser humano y tienen además una poderosa razón
de ser: “mostrarnos el camino para resolver nuestros
conflictos”. Es información de primera mano,
y en lugar de reprimirlas, transformándolas en
toxinas que se acumulan en nuestro organismo al punto
de enfermarnos, necesitamos aprender a utilizarlas en
nuestro beneficio. La
palabra emoción viene del latín e-motere
que significa “poner en movimiento”. Cada
emoción tiene implícita una tendencia a
la acción. Por ejemplo:
-
La IRA nos prepara para el ataque.
Es así como la sangre fluye a las manos, lo que
facilita tomar un arma o golpear a un enemigo; el ritmo
cardíaco se eleva y el aumento de hormonas como
la adrenalina y la noradrenalina nos cargan de la energía
interior necesaria para una acción vigorosa.
-
El MIEDO nos prepara para la huida. Es así como
la sangre se dirige a los músculos esqueléticos
grandes como las piernas, dejando otras áreas
del cuerpo como el rostro con menor circulación
(aparición de palidez).
-
La SORPRESA induce al movimiento de levantar las cejas
para permitir un mayor alcance visual, facilitando el
ingreso de luz a la retina. De esta forma ingresa a
nuestro cerebro una mayor cantidad de información
en relación al estímulo que estamos experimentando
que ayuda a interpretarlo más rápidamente.
-
La TRISTEZA produce una caída de la energía
interna y el entusiasmo por las actividades cotidianas,
con el objeto de ayudarnos a adaptarnos a una pérdida
significativa o a una gran decepción. Este aislamiento
introspectivo crea la oportunidad para llorar por alguna
pérdida material o humana, comprender las consecuencias
que este acontecimiento tendrá en nuestra vida
y mientras se recupera la energía, planificar
un nuevo comienzo.
Necesitaremos entonces, aprender a reconocer y nombrar
las emociones que nos perturban, identificar el tipo de
situaciones en que se ponen de manifiesto, descubrir el
mensaje implícito que nos transmiten y actuar en
consecuencia. Si nuestra respuesta no está alineada
con el motivo que disparó esa emoción, esta
puede perdurar en el tiempo transformándose en
un estado de ánimo que puede a su vez, tener efectos
altamente nocivos para nuestra salud física y mental.
Estudios como los del Dr. Bruce Mc Ewen de la Universidad
de Yale demuestran que personas que experimentan ansiedad
crónica, prolongados períodos de tristeza
y pesimismo, tensión continua (estrés),
cinismo u hostilidad, tienen el doble de riesgo de contraer
enfermedades como asma, artritis, dolores de cabeza, úlceras
pépticas y problemas cardíacos.
Como
dice el Dr. Goleman en su famoso libro “La inteligencia
emocional”, nuestras acciones cotidianas dependen
en gran medida de nuestros estados de ánimo, por
lo que trabajar para manejarlos se traducirá en
una sustancial mejora de nuestra efectividad y sobre todo
de nuestra calidad de vida.
|